Estoy
viviendo estos días conmocionado, como quién se despierta de un sueño, que no
ha sido muy reparador, para encontrarse en medio de un ambiente apenas
reconocido; invadido de la sensación de que entre cerrar los ojos y volver a
abrirlos se ha producido algo más que un desplazamiento temporal. En medio de esa sensación imprecisa de
consciencia opacada, de naturaleza muerta; en parte atemporal, en parte
indeterminada, me extiendo difuso.
Los
márgenes de la experiencia que transito se resisten a cristalizar en los
límites emocionales a los que acostumbro. No me encuentro a gusto. Tengo miedo
de la certeza que se cierne sobre mí de que quedaré transfigurado (literal y
metafóricamente).
No
me asusta el dolor, aunque se me imponga, inevitable, la cotidianidad de su
enojo. Lo que temo, casi con las mismas ganas con las que lo espero, es la
realidad alternativa de ese otro que emergerá del pasado conjugado de los
próximos días, mi próximo yo.