En muchas ocasiones, la vida nos plantea una disyuntiva en la forma de un aparente fracaso. Cada una de estas situaciones a las que llegamos, la mayoría de las veces después de haber invertido tiempo, trabajo e ilusión en un proyecto; que al fin y al cabo no deja de ser una parte de nuestro más extenso proyecto vital, la vida nos está ofreciendo una oportunidad para tomar una decisión respecto a algún aspecto de nuestra existencia. Todo el mundo dice que de los errores se aprende, y probablemente esa sea una sentencia muy cierta, pero habría que añadirle que sólo lo hacen aquellos que enfrentándose a su propio fracaso, son capaces de percibir la oportunidad inherente a toda experiencia. La capacidad de decidir, eso tan conocido del libre albedrío, la mayoría de las veces mediado más por una consciencia emocional fuerte, en ocasiones masiva e inmediata, que por una lógica aplicada mediante el pausado uso de la razón, permite a esta humanidad de la que somos partes la consecución de uno de sus logros más notables, la capacidad de sublimar la pérdida, de angustia, de ausencia, en dos palabras: “el fracaso”; para convertirlo en arte, en pasión, en sentimiento, en gozo, en creación, en éxito.
Detrás de cada esquina en la que nuestros caminos se bifurcan; se esconde la oportunidad de una nueva vida que siempre estuvo ahí, pero que nos empecinábamos en ocultar mediante plazos y reemplazos de planes que, no siempre se ajustan a las realidades cambiantes de nuestra naturaleza animal. Fracasamos, o al menos eso queremos creer, porque, de algún modo, necesitamos del fracaso para recordarnos que en nuestro horizonte vital existen otros mundos por explorar más grandes, incluso, que nosotros mismos.